La Ermita de Cuarto

La Ermita de Valme fue edificada, según la tradición, por mandato del rey Fernando III el Santo, sobre el cerro o cortijo de Cuartos, como muestra de agradecimiento a la Virgen María por el valimiento que en dicho lugar le otorgó durante la conquista de Sevilla.

Aunque son muy escasos los testimonios documentales que existen sobre esta primitiva capilla, podemos aventurar que debió de ser pequeña y sencilla, casi un oratorio, exclusivamente destinado a albergar a la imagen gótica invocada por San Fernando, que recibió el nombre de Valme en recuerdo de la súplica del monarca. Junto a Ella, el Rey Santo colocaría el pendón arrebatado a los musulmanes de Isbilia, tal y como había prometido a la Señora cuando solicitó su auxilio en la contienda.

Con el tiempo, a la capilla originaria se le fueron adosando nuevas construcciones, destinadas a albergar al santero y a los peregrinos que hasta allí llegaban para venerar a la Santísima Virgen, especialmente el día de su fiesta, que se celebraba entonces el segundo día de la Pascua de Pentecostés.

A través de los Anales de Sevilla recopilados por Diego Ortiz de Zúñiga se tiene noticia de que el 27 de octubre de 1667, a las cuatro de la tarde, volaron la casa y molino de la pólvora, que estaban a una legua de la ciudad, «junto a la ermita de Nuestra Señora del Valme, donde tuvo sus alojamientos y reales nuestro conquistador San Fernando». Debido a ello, la capilla quedó en ruinas, siendo reconstruida en los años siguientes con mayor amplitud de la que tenía en origen. Por entonces, el cuidado del santuario estaba a cargo de unos «hermanos limosneros» nombrados por la Hermandad de Valme, cuya fundación data, cuando menos, del año 1628, fecha en la que ya consta documentalmente su existencia en la capilla de Cuartos.

En los siglos XVII y XVIII, además, se plantearon algunos conflictos sobre la autoridad eclesiástica que debía nombrar a los capellanes o santeros de la ermita, interviniendo en tales pleitos el prior de las ermitas del arzobispado hispalense, al que finalmente se reconoció tal derecho, de forma definitiva, en 1725.

Durante la primera mitad del siglo XVIII, se realizaron nuevas obras de mejora y ampliación en la ermita, sufragadas por la poderosa familia Rivas, a la que también se debe la construcción de la capilla sacramental de la Parroquia de Santa María Magdalena.


En el año 1800, como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla, la imagen de la Virgen fue trasladada en rogativas hasta Dos Hermanas, comenzando entonces un período de fuerte declive para la ermita, que acabó quedando prácticamente arruinada.

En las primeras décadas del siglo XIX, se intentó sin éxito que fueran restituidas a la capilla las tierras y posesiones que, al parecer, le había donado el rey San Fernando, y que, según se argumentó entonces, fueron usurpadas aprovechando la Guerra de la Independencia (1808-1814). De esos años datan unos valiosos documentos que atestiguan el estado de abandono en que se encontraba la capilla, junto a la que existían otras dependencias anexas.

Fue la novelista Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero) quien rescató del olvido las ruinas de la Ermita de Valme, a través de su novela La familia de Alvareda, que conocieron los duques de Montpensier –Antonio de Orleans (hijo del rey de Francia) y Luisa Fernanda de Borbón (infanta de España)–, mostrando estos su interés por restaurar el culto a la Virgen de Valme en su primitivo templo. Así, el 30 de mayo de 1859, los duques decidieron llevar a cabo la reedificación de la capilla, como acción de gracias por el nacimiento de su primer hijo varón, llamado Fernando en recuerdo del Santo Rey. El proyecto de restauración fue realizado por el arquitecto Balbino Marrón, y las obras comenzaron a principios de junio, quedando concluidas el 24 de septiembre. En el proceso de reconstrucción intervinieron artistas del círculo de los Montpensier, como los pintores Cabral Bejarano y Juan de Lizasoain, además del arquitecto José María Ríos, colaborador de Marrón.

El 9 de octubre de 1859, la Virgen de Valme volvió desde la parroquia de Dos Hermanas a su ermita, que ese día fue inaugurada y bendecida por el cardenal-arzobispo de Sevilla, monseñor Manuel Joaquín Tarancón, tras haber culminado su restauración a expensas de los duques.

Hasta el año 1869, la imagen de la Virgen recibió culto de nuevo en su capilla del Cortijo de Cuarto, ya que los Montpensier procuraron todo lo necesario para ello, sufragando los gastos de la capellanía, que se encomendó al sacerdote José María Ruiz y García.


Como consecuencia de los sucesos revolucionarios de 1868, y ante el riesgo de que la ermita pudiera ser destruida, los vecinos de Dos Hermanas decidieron trasladar nuevamente a la Virgen hasta la parroquia del pueblo, permaneciendo desde entonces (1869) en la capilla sacramental, donde actualmente sigue siendo venerada.


En 1894, se realizaron nuevas obras de mejora en la ermita, a iniciativa del poeta José Lamarque de Novoa, quien impulsó la recuperación de esta como lugar de culto público, al promover el nacimiento y celebración de la Romería de Valme, que comenzó en dicho año, continuando hasta el presente.

Precisamente, al convertirse la ermita en el lugar de destino de la anual Romería, han sido frecuentes los trabajos de restauración y adecentamiento llevados a cabo durante el siglo XX, y más concretamente en los años 1920 (colocación de azulejos y solería en el interior), 1927 (nuevo cercado exterior), 1968, 1990 y 2002, todos a cargo de la Hermandad de Valme y con la colaboración del Ayuntamiento de Dos Hermanas.

El 26 de diciembre de 2002, tras un largo y complejo proceso, se firmaron las escrituras de propiedad de la ermita y el recinto que la circunda, quedando consolidados de esta forma los derechos históricos del pueblo de Dos Hermanas y de la Hermandad de Nuestra Señora de Valme sobre tan emblemático edificio, que constituye uno de los monumentos más importantes de la ciudad.

Considerada desde el punto de vista artístico, la ermita tiene planta de una sola nave, con techumbre de madera a dos aguas y una pequeña sacristía adosada al templo. El estilo de la construcción es historicista y, concretamente, neomudéjar, destacando del exterior el ajimez sobre la puerta de entrada, con arcos de herradura que enmarcan la vidriera que representa el escudo de la hermandad. Asimismo, es muy airosa la espadaña que corona la fachada principal, bajo la que se abren, a ambos lados, unas almenas escalonadas que dan carácter singular al conjunto.

En el interior, destaca el retablo dorado, de estilo rococó, fechado en 1788, que procede de La Rinconada. Sobre el camarín principal, una pequeña hornacina con fondo celeste estrellado contiene una pequeña imagen de San Fernando. Cerrando el referido camarín, aparece la reproducción del lienzo, obra del pintor Luis de Oñate, que representa la invocación del Santo Rey a la Virgen y que está fechado en 1894.

Con motivo del 150º aniversario de la reedificación de la ermita, en 2009 se ha colocado en el interior una lápida conmemorativa, y también se ha dotado al recinto de una nueva iluminación artística, interior y exterior, instalada por la Fundación Sevillana-Endesa e inaugurada el 6 de octubre de 2010.